
Por fin estaba allí, en África. El sueño de mi vida se iba a hacer realidad. Me había acompañado mi amiga Aina ya que a ella también le hacía mucha ilusión. El motivo por el que estábamos allí eran los diamantes. Íbamos dispuestas a excavar en las minas más recónditas de África para hallar los mejores diamantes, los que nunca jamás se hubieran descubierto. Una vez instaladas, no perdimos ni un instante en ponernos manos a la obra. Nos dirigimos a los terrenos diamantíferos del Cabo de Buena Esperanza, cogimos n pico cada una y trabajamos de sol a sol en busca de alguna pequeña roca que brillara más que las demás.
Llevábamos un par de meses trabajando sin encontrar resultado alguno, cuando de repente Aina gritó mi nombre y me dijo que fuera para donde estaba ella, con tanta fuerza, que se derrumbaron las rocas pos donde se salía de la mina. La gente que ya llevaba tiempo trabajando en las minas nos había advertido de que hiciéramos el menor ruido posible, pero con todo y eso cometimos el error de levantar demasiado la voz. Estábamos atrapadas en una mina Africana con un diamante de un valor incalculable, pero sin poder salir de allí de ninguna manera.
Cuándo ya nos habíamos despedido y lo dábamos por supuesto que nos quedaríamos sin oxígeno, vino un equipo de rescate a por nosotras. No era la primera vez que sucedía algo así y ya estaban preparados para ello. Finalmente nos rescataron sacando las piedras con una máquina i pudimos salir. Después de todo volvimos a América con el diamante. Mi sueño se había cumplido, y Aina y yo no teníamos que preocuparnos económicamente en el futuro.

